ENERGÍA MÁS CARA
(Editorial Diario Río Negro, Río Negro)
Aunque los aumentos recientes del precio del crudo, el que en términos nominales, pero no en reales, acaba de marcar un nuevo record histórico, se debieron principalmente a factores coyunturales como la tensión creciente provocada por las ambiciones nucleares del gobierno teocrático iraní, también incidieron las compras cada vez mayores de China y la India, lo que hace pensar en que el mundo tendrá que acostumbrarse a que en adelante la fuente más importante de energía siga siendo muy costosa. Se trata de una mala noticia. Además de agravar los problemas económicos de la Unión Europea y, en menor medida, de Estados Unidos, además de muchos otros países, el petróleo caro suele tener consecuencias políticas nefastas, porque da a regímenes autoritarios cantidades enormes de dinero que pueden utilizar ya en programas armamentistas, ya para financiar a sus correligionarios en distintas partes del mundo tal y como están haciendo los iraníes, los sauditas y los venezolanos de Hugo Chávez. Por ser cuestión de un recurso que se presta como ningún otro a la estatización o a arreglos entre el régimen y empresas privadas extranjeras, a los gobernantes de los países petroleros les es fácil aprovechar en beneficio propio lo que es en efecto una “caja” colosal. He aquí una razón por la que los países que dependen de la exportación del crudo son con escasas excepciones mucho más pobres, y mucho menos equitativos, que los ya desarrollados que carecen por completo de recursos energéticos naturales.
De todos modos, aun cuando para sorpresa de muchos la crisis causada por la belicosidad genocida del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad se vea resuelta de manera pacífica, parecería que el aumento constante de la demanda asegurará que el precio del petróleo y otros hidrocarburos como el gas se mantenga más alto de lo que fue hasta hace apenas tres años. Por lo tanto, todos los países tendrán que ajustarse a una situación equiparable con la que se produjo en la parte final de la década de los setenta, cuando la crisis energética desatada por la revolución iraní puso fin a los “treinta años gloriosos” de expansión económica europea, golpe cuyas secuelas siguen afectando a los países principales del viejo continente.
Mal que le pese al gobierno del presidente Néstor Kirchner, a la Argentina también le convendría adaptarse a las circunstancias intensificando los esfuerzos por prolongar el autoabastecimiento, emulando así al Brasil que, al poner en funcionamiento una plataforma de extracción de crudo en aguas profundas, espera producir 1,92 millones de barriles diarios, lo que le permitirá cubrir el consumo actual de 1,85 millones de barriles.
Puede que la autosuficiencia así lograda no dure mucho tiempo porque la economía brasileña seguirá creciendo, aunque fuera a un ritmo modesto, pero por lo menos serviría para mitigar el eventual impacto de una nueva convulsión en el Medio Oriente. Claro, para que Kirchner tomara la decisión de impulsar la industria petrolera local con algo más que exhortaciones sería preciso que pensara en las necesidades a mediano y largo plazo del país, pero según parece prefiere apostar a que no tenga que hacer nada que pudiera motivar las protestas de los usuarios urbanos que, como es natural, serían reacios a pagar precios internacionales por lo que consumen.
Por desgracia, Kirchner comenzó a atacar a las empresas energéticas con su vehemencia habitual cuando aún era posible creer que el precio del crudo no tardaría en “normalizarse”, comprometiéndose así con una actitud que, si bien en aquel entonces ya era polémica, no pareció destinada a desactualizarse tan pronto a raíz de la evolución de los mercados internacionales. Aunque Kirchner se afirma discípulo del economista británico John Maynard Keynes, no ha dado señales de estar dispuesto a dejarse influenciar por el pragmatismo de quien en una oportunidad dijo que “cuando cambian las circunstancias, cambio mi opinión. ¿Y usted, señor, qué hace?” Si fuera un estadista –o un “keynesiano” consecuente– ya estaría informando al país de que no le queda más opción que la de reaccionar con realismo frente a la transformación tal vez permanente del panorama energético mundial, pero parece que dicha alternativa no le atrae del todo.