El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, pretendía este año, al igual que el año pasado, arrastrar al Congreso y a sus compatriotas con grandes palabras y visiones audaces. Pero esta vez, su discurso sobre el Estado de la Unión fue celebrado ante todo por los legisladores republicanos, sacudidos por escándalos. Porque Bush estuvo a la defensiva.
"El intenta presentar planes factibles en lugar de grandes ideas", opinó el director del Instituto para el Progreso Político, Will Marshall, de Washington.
En el pasado, Bush se presentó ante todo como "presidente de guerra", pero ahora prefiere ocuparse de simples "temas de cocina", como economía y salud, comentó el diario "Los Angeles Times". "Cabizbajo, humilde y cuidadoso", sostuvo el periódico "The Washington Post". El discurso fue "poco inspirador", dice el comentarista en la radio pública NPR.
"El discurso del Estado de la Unión más débil de su presidencia", criticó el líder de la fracción demócrata en el Senado, Harry Reid. De acuerdo con la tradición, los demócratas ovacionaron al presidente, pero el apoyo fue claramente menos intenso que un año atrás, poco después de la victoria electoral de Bush sobre John Kerry. Mantener el rumbo en la política exterior fue un mensaje que sonó poco original en el plano internacional.
Esta vez el discurso no versó sobre grandes visiones históricas. Fue más bien un inventario obstinadamente optimista de un mundo agitado, el anuncio de que Estados Unidos seguirá luchando hasta que la libertad y la democracia triunfen en todo el planeta. Pero Bush conoce el creciente escepticismo de los estadounidenses. Para el "Washington Post", el discurso de 52 minutos fue "una prueba de cuán intensamente la guerra de Irak sesgó las energías y la creatividad del gobierno, cuán intensamente la guerra determina la presidencia de Bush". Este fue posiblemente también el motivo por el cual Bush intentó esta vez mucho más que el año pasado hacer foco en proyectos de reformas internas.
El anuncio más espectacular fue que Estados Unidos reducirá hasta el 2025 su dependencia de la importación de petróleo de Cercano Oriente hasta en un 75 por ciento. Bush, cuyo mandato finaliza en tres años, elogió a largo plazo las energías alternativas y las nuevas tecnologías. Sin embargo, los demócratas acusan al presidente de haber desatendido durante años el fomento de estas fuentes de energía alternativa.
En los cinco años que Bush ocupó la Casa Blanca, las importaciones de petróleo de Estados Unidos subieron del 53 al 60 por ciento de la demanda total, pero el crudo de Cercano Oriente tiene más bien un papel secundario.
Sólo el 11 por ciento del consumo de petróleo estadounidense procede de esa región. Bush quiere más independencia del petróleo. Pero sin embargo, hasta ahora intentó ante todo lograr extracción de petróleo en zonas naturales protegidas en Alaska, lo que hasta ahora fue rechazado por el Congreso. Además, el combustible en Estados Unidos tiene menos impuestos que en la mayoría de los países industrializados. "Dolorosamente insatisfactorio", calificó "The New York Times" los nuevos planes de energía de Bush. "Simplemente hacer un llamado a favor de más innovaciones no duele", opinó un comentarista del diario neoyorquino y sostuvo que son "grandiosos objetivos y mínimas medidas". Pero Bush, quien ni siquiera toma en serio los peligros de un calentamiento global del planeta, hizo un llamamiento tardío de una nueva política. "Para este presidente nunca fue verdaderamente serio el tema de la independencia energética", añadió el comentarista.
LASZLO TRANKOVITS