UNA VIDA MÁS VERDE Y CON MENOS PETRÓLEO
Jeremy Rifkin (Economista norteamericano)
Para evitar un abismo económico, debemos alejar a la sociedad global de la dependencia del petróleo y volcarla tanto a las energías renovables como a un desarrollo que tenga al hidrógeno como combustible clave.
Cundió el pánico. El precio del petróleo y la baja de las reservas internacionales tienen muy asustados a políticos y empresarios.
Estamos descubriendo que todo el mundo funciona a petróleo. Producimos nuestros alimentos con la ayuda de fertilizantes y pesticidas petroquímicos. Nuestros plásticos, nuestros productos farmacéuticos y nuestra ropa derivan, en su mayoría, del petróleo. El transporte, energía, calor, electricidad y luz dependen del petróleo.
Lamentablemente, la crisis del petróleo no pasará. A menos que podamos apartarnos del petróleo y de la canilla de los combustibles fósiles.
En medio del desorden, un insignificante y oscuro Libro verde de 46 páginas fue silenciosamente publicado hace poco por la Comisión Europea, el órgano de gobierno de la Unión Europea. Allí se ofrece una detallada guía del sobreviviente —una hoja de ruta sobre lo que cada individuo, familia, comunidad y país puede empezar a hacer en lo inmediato para amortiguar el impacto de los costos de los precios más altos del petróleo—. Se llama, simplemente. Según el informe, los Estados miembros europeos podrían salvar por lo menos 20 por ciento de su consumo de energía actual, con un ahorro neto de 60 mil millones de euros al año, aplicando programas firmes en todo el ámbito de la sociedad europea. Estados Unidos podría ahorrar más.
El informe verde de la UE está repleto de información acerca de cómo cambiar todos los aspectos de nuestra vida para lograr una mayor eficiencia energética. Entre las propuestas figuran: incentivos para comprar autos de energía eficiente, reducir el límite de velocidad máxima nacional a 90 kilómetros por hora, realizar modificaciones en casas y edificios comerciales (por ejemplo, instalar aislamiento especial y ventanas para tormentas), usar bombillas eléctricas duraderas, introducir software en los aparatos domésticos para ahorrar energía, renovar las redes energéticas del país para que sean más eficientes, etcétera.
Los gobiernos deberán emplear toda una serie de estrategias; entre ellas, fijación de impuestos, subsidios públicos, incentivos económicos y asociaciones con industrias, comunidades y propietarios de casas para realizar la transición a una sociedad verdaderamente eficiente a nivel energético.
Si bien el Estado, la industria y los consumidores tendrán que gastar inicialmente algo de dinero para introducir literalmente miles de mejores prácticas energéticamente eficientes, la inversión dará impulso a la economía creando millones de empleos nuevos —un millón de empleos nuevos en Europa solamente—.
Pero no basta con modificar la eficiencia energética de la sociedad. Si queremos evitar un abismo económico y los desastres del calentamiento global, también debemos comenzar un esfuerzo serio para alejar a la sociedad de la dependencia del petróleo y volcarla a las energías renovables —eólica, solar, geotérmica, hidráulica y biomasa— y a una economía verde con hidrógeno.
¿Cómo pagamos un nuevo régimen energético y una infraestructura a base de hidrógeno? Debería considerarse seriamente una legislación sobre transferencia fiscal. La idea es cobrar impuestos a las actividades destructivas para el medio ambiente y afectar lo recaudado a la actividad económica positiva. En el futuro, las leyes de transferencia fiscal podrían orientarse a recaudar ingresos para ayudar a subsidiar el desarrollo de energías renovables y tecnologías de células de combustible de hidrógeno.
La Reforma Fiscal Ambiental (EFR es su sigla en inglés), tal como se la llama a veces, ha sido emprendida con éxito en una serie de países, entre ellos Suecia, Dinamarca, Holanda, el Reino Unido, Finlandia, Noruega e Italia. Alemania, que es uno de los países que apoya con más entusiasmo la transferencia fiscal, introdujo un aumento en los impuestos a la nafta, el petróleo para calefacción y la electricidad y utilizó lo recaudado para bajar los impuestos sobre los salarios. El impuesto a la nafta provocó una caída del consumo de combustible automotor del 5% en 2001 respecto de 1999 y los particulares comparten un 25% más su auto.
En la actualidad, la transferencia fiscal ambiental comprende sólo un 3% de los ingresos impositivos del mundo entero, pero el potencial es enorme. Un impuesto a los combustibles fósiles ya podría recaudar más de un billón de dólares anuales. Poner fin a los subsidios destinados a industrias perjudiciales para el medio ambiente liberaría otros US$ 500.000 millones por año a nivel global. El ingreso, a su vez, podría utilizarse para invertir en la transición a un futuro con energías renovables e hidrógeno.
Curiosamente, existen pruebas de que pese a no ser muy bien recibidos, los impuestos a la contaminación ambiental obligan a las empresas a eliminar ineficiencias con los recursos y las vuelve más competitivas en los mercados mundiales. Los estudios muestran que muchos de los países que tienen los niveles más altos de impuestos ambientales también tienen industrias que son las mejores en competitividad internacional.