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OPINIÓN
Escribe Ricardo Alonso: Los manaderos de petróleo
MINING PRESS/ENERNEWS/El Tribuno
10/05/2020

RICARDO N. ALONSO*

Ricardo Alonso

Muy pocos años después de la llegada de Colón a las Indias comienzan a aparecer comentarios sobre el hallazgo de betunes o jugos lapidíficos en las crónicas españolas. Entre ellos una temprana cita de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, autor de la magnífica y voluminosa Historia Natural y General de las Indias, que fuera reeditada por la Editorial Guarania de Paraguay. Los antiguos mexicanos llamaron chapapotes a la presencia de nódulos de betún en las playas o en las emanaciones tierra adentro: las chapapoteras.

El término deriva de la palabra náhuatl “chapopotlii”, que refería a un alquitrán natural. También son notables las descripciones tempranas en lo que hoy es la costa peruano-ecuatoriana donde el olor del petróleo llegaba hasta los barcos que se acercaban a tierra. En los Andes bolivianos al parecer el primero que señaló la presencia de manaderos de betunes fue el padre Alvaro Alonso Barba en su libro “El Arte de los Metales” publicado en Madrid en 1640.

Allí menciona el hallazgo realizado en cercanías de Tomina, en la llamada “Cordillera de los Chiriguanos”, próximo a lo que sería el límite geológico actual de la Cordillera Oriental y las Sierras Subandinas. Dice en el capítulo IX, “De otros jugos que se llaman betunes”, que: “No tengo hasta ahora más noticia de que en estas provincias haya de estos o de los demás betunes, aunque me persuado que no falta en ellas sino su observación y conocimiento”.

Efectivamente andando el tiempo se van a descubrir cientos de manaderos en todo el flanco oriental de los Andes de Perú, Bolivia y Argentina. E incluso en otras regiones de los Andes Centrales, tales como el Altiplano y la Puna. Resulta obvio que estos aceites debieron llamar la atención de cualquiera que se los topase. Por lo tanto, los indígenas debieron conocerlos y aprovecharlos a su manera, sea como emplastos medicinales o para protegerse de insectos molestos.

El ingeniero Vicente Arquati mencionó en 1890 que en Ipaguazú dio con una toldería de indios matacos que se iluminaban con el betún que ponían en cañas secas utilizando petróleo de un manadero cercano. Los chaguancos llamaron “itani” al petróleo de los manaderos naturales. No se tiene certeza sobre cuál fue la primera noticia referida a petróleo en lo que hoy es el norte argentino.

La prestigiosa historiadora tucumana Teresa Piossek Prebisch, quien estudió por varias décadas los documentos de la época de la conquista y de la colonia,  declara en comunicación personal al autor, no haber encontrado palabras que se refieran a petróleo tales como betún, asfalto, aceites de la piedra, jugos lapidíficos, betún de Judea u otros arcaísmos. Un historiador del petróleo, el Dr. Marcelo Yrigoyen, da un dato concreto cuando dice: “Corría el año 1787 y las crónicas de un fraile franciscano viajero, proveniente de las Misiones de Tarija, informaban sobre la existencia de un manantial de brea en el Alto Aguareño, también registrado como Alto Alguajareño dentro de la actual provincia de Salta”.

En un corto viaje a Tarija en enero de 2015, visité la famosa biblioteca franciscana y pregunté, sin suerte, sobre este asunto. Como fuese, no sería extraño que los frailes franciscanos y quizás antes los jesuitas hayan tomado debida nota de la presencia de manaderos naturales. Especialmente por los extensos recorridos evangelizadores que ellos hacían a lo largo y ancho de la región. La tribu de los Sénecas, en América del Norte, extraía petróleo con fines medicinales de un arroyo llamado Oil Creek en el estado de Pensilvania. A ese petróleo de manaderos naturales se lo conocía como el “Aceite de los Sénecas”.

La compañía Rock Oil Co., encargó en 1857 al coronel Edwin L. Drake que iniciara trabajos de perforación a orillas del arroyo petrolífero y, a pesar de los medios rudimentarios utilizados, los esfuerzos se vieron coronados dos años más tarde. El 27 de agosto de 1859 brotó un chorro negro de las entrañas de la tierra, evento que dio nacimiento a la era mundial del petróleo. En Salta, en lo que hoy es Vespucio, Carmelo Santerbó, había establecido unos cateos en la Quebrada de Galarza, donde existían manaderos naturales de petróleo que eran conocidos por todos los que deambulaban por aquellas comarcas.

Basta caminar hoy algunos cientos de metros aguas arriba de la quebrada, para comenzar a oler los efluvios perfumados de los hidrocarburos que manan de las rocas. Al parecer Santerbó realizó algunas labores mineras sencillas (pozos criollos) tendientes a recuperar el betún que fluía lentamente de las fisuras de las rocas. Hacia finales de 1906 se encontraba pobre y con mal estado de salud. Fue entonces cuando le ofreció en venta los cateos que le habían sido concedidos al español Francisco Tobar, quien también se había afincado por aquellas tierras.

Según dicen, Tobar era originario de Zaragoza y hombre de trabajo fuerte, además de muy tesonero. Decidió profundizar los pozos y las labores que había comenzado Santerbó para aumentar la producción de aceite mineral. Este petróleo crudo se extraía usando rústicos baldes de cuero. Pensó que era necesario disponer de tambores especiales para trasladar su crudo. Mandó a construir en Buenos Aires barriles de 50 litros de capacidad que podían ser transportados por animales de carga. Uno de esos barriles llegó a Buenos Aires para ser presentado en 1910 en la “Exposición Industrial del Centenario de la Revolución de Mayo”, cuando el país pasaba por uno de los mejores momentos económicos de su historia. Tobar buscaba interesar a potenciales inversores de las bondades del petróleo salteño.

Los primeros trabajos de Santerbó y Tobar fueron de índole minera, o sea de acuerdo con las técnicas del arte minero. Para ello cavaron pozos verticales tipo piques de 1,50 m de diámetro en el propio lecho de la quebrada e hicieron socavones o galerías horizontales aprovechando un salto en el relieve, en un lugar llamado precisamente “El Salto”. Tobar era consciente de que esas labores superficiales solo le permitirían conseguir cantidades reducidas de crudo.

Decidió entonces que había que perforar profundo utilizando los equipos mecánicos adecuados. Con ello se daría inicio a la era del petróleo en Salta. Un desarrollo de estos temas puede encontrarse en mi libro: “Historia del petróleo del norte argentino. Desde Pablo Sardicat de Soria a Francisco Tobar” (Mundo Gráfico, 2016, Salta). Los manaderos son entonces aquellos lugares de los cuales sale lentamente agua empetrolada o petróleo a la superficie. Se los designó con nombres varios, tales como filtraciones, exudaciones, manantiales, pauros, vertientes, chapapoteras, ojos de chapapote, brotaderos, etcétera y fueron la mejor guía de exploración en la búsqueda de los hidrocarburos entrampados en las rocas profundas.

En la región cuyana se conocen manaderos ya en el siglo XVIII donde se obtenía asfalto para usarlo en el calafateo e impermeabilización, especialmente de tinajas para guardar el vino. Tanto el viajero J. S. Cerro y Zamudio en 1803 como el ingeniero inglés Francis I. Rickard, contratado por Sarmiento en 1869, mencionan la presencia de “arroyos de brea”. En la región neuquina hay datos de manaderos en el arroyo Agua Caliente que fueron aportados en 1833 por el coronel Velazco, uno de los expedicionarios de Rosas y más tarde, en 1882, por el mayor Manuel J. Olascoaga en el arroyo Agua Caliente.

El coronel Lannon perforó allí en 1809 y a los 80 m de profundidad encontró asfalto fluido. El hallazgo de petróleo en la cuenca austral comienza cuando alguien luego de prender un cigarro apagó el fósforo arrojándolo a un charco de agua y este se encendió por hidrocarburos allí diluidos. Los manaderos son técnicamente pérdidas o filtraciones de los hidrocarburos entrampados en estructuras profundas que escapan y llegan a la superficie como consecuencia de las diferencias de presión.

Aprovechan generalmente planos de fracturas u otras discontinuidades estructurales o estratigráficas para el ascenso. Los manaderos son fenómenos naturales complejos donde concurren numerosas causales relacionadas con las formaciones geológicas que entrampan hidrocarburos y la erosión que los pone lentamente al descubierto.

*Doctor en Ciencias Geológicas

 


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