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OPINIÓN
Gallo Castillo: Crisis en Chile, Piñera en su laberinto
MINING PRESS/ENERNEWS/La Prensa

De principal acusador legal de los militares, el presidente pasó a ser "el dictador fustigado por Amnesty"

30/01/2020

Rodolfo Gallo del Castillo

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Pocas veces se ha visto, en la historia de un gobernante, un quiebre tan grande como el experimentado por el presidente Sebastíán Piñera a partir del 6 de octubre último, cuando elevó el boleto del subterráneo en Santiago de Chile de 800 a 830 pesos chilenos. Como decía el gran historiador inglés Edward Gibbon: "La tragedia está en los detalles". 

También dice lo mismo una vieja conseja militar: "Por un clavo, se perdió una herradura; por una herradura, se perdió un caballo; por un caballo, se perdió un jinete; por un jinete, se perdió un mensaje; por un mensaje, se perdió una batalla; y por una batalla, se perdió una guerra".

Hasta ese fatídico 6 de octubre, el presidente Piñera derramaba optimismo y confianza en sí mismo, y en la calidad de su gobierno. Luego de 16 años de gobierno militar y 30 de democracia (24 de ellos bajo gobiernos socialistas), Chile se había convertido en la estrella fulgurante de la economía latinoamericana.

Por supuesto que, si se lo compara con un país con 200 millones de habitantes como Brasil o uno de más de 100 millones como México, su Producto Bruto era bastante más pequeño. Pero así, solamente, no se miden las economías. Hay un índice mucho más importante: el Producto Bruto por habitante, o por cabeza, como también se lo suele llamar. Y allí, primero Chile nomás, y por varios cuerpos de ventaja con respecto al resto de sus competidores.

Las últimas cifras sorprenden: por año, el PBI "per cápita" de Chile llegó a 15.130 dólares; el de Uruguay, a 14.617 dólares; el de Brasil, a 11.026; el de México, a 10.385; el de la Argentina, a 10.040. Es decir, un 40% más que el Producto Bruto "per cápita" del Brasil, y de un 50 por arriba del de México y de la Argentina.

Dicho como al pasar, prácticamente el doble de los 7.680 dólares por cabeza de Colombia y más del doble de los 6.454 dólares de su vecino y competidor Perú. Ni hablar de su pujanza frente a las economías semidestruidas de Cuba y de Venezuela.

La brizna de pasto

Pero ese 6 de octubre todo cambió. Ese aumento del boleto de subte fue, en términos árabes, "la brizna de pasto que quebró el lomo del camello". A partir de allí, ya nada fue igual. Grandes tensiones sociales dormidas se despertaron de golpe a través de movilizaciones callejeras masivas, primero en Santiago de Chile y luego en el resto del país. Al principio, Piñera amenazó a los revoltosos con los Carabineros si no cesaban en su accionar extremadamente violento. Pero, por otra parte, les impidió usar sus armas de fuego, ni siquiera para defender sus comisarías. El uso de gases lacrimógenos también fue muy cuestionado, incluso por las autoridades.

Sucesivamente Piñera habló de un "estado de guerra" y estableció el toque de queda pero, a la vez, comenzó a conceder todo lo que le pedían los revolucionarios. Pero éstos, lejos de calmarse, siguieron con su labor destructiva sin otro límite que sus propias fuerzas. Desde el comienzo se habían incorporado a las protestas tres elementos sumamente contundentes: los palos, las piedras y el fuego, dentro del cual tenían un rol muy destacado las bombas molotov.

Así comenzaron a incendiarse gran cantidad de negocios, hoteles, centros comerciales, templos católicos, comisarías, vehículos e instalaciones de los Carabineros, una fuerza finalmente totalmente desbordada a través de la prohibición de usar sus armas. Ni hablar de como están actualmente los centros comerciales de importantes ciudades chilenas como Antofagasta o Valparaíso, además de Santiago. Aunque han usado la figura de "protestas pacíficas", estas acciones violentas han sido acompañadas celosamente por incendios y saqueos.Alas de impunidad. Para mejor, los pocos saqueadores detenidos han sido liberados prácticamente sin pena alguna, salvo la restricción de no volver a los lugares que ya habían saqueado. La impunidad les ha dado enormes alas a los desmanes. Más de noventa estaciones de subterráneo incendiadas y destruidas, junto con vagones y buses. Sin hablar del gigantesco número de locales saqueados, incendiados o destruídos. Al convertirse el saqueo en un delito impune, se abrió paso en las conciencias uno de los grandes acicates para la acción violenta: el famoso botín de guerra, compañero de sentimientos bastante miserables con respecto a la propiedad ajena.

"Metele que son pasteles", parece la consigna de los saqueadores y "si los pasteles son ajenos, mejor que mejor".

Hay negocios que han debido cerrar, o porque no estaban en condiciones de reemplazar la mercadería saqueada o porque el lucro cesante de los últimos dos meses los ha condenado al cese. Se calcula que se han perdido más de cien mil puestos de trabajo por esta ola de barbarie y destrucción. Los centros comerciales devastados en las principales ciudades chilenas parecen el teatro de una guerra bastante cruel, porque muchos pierden todo, incluido su "modus vivendi".

De todos modos, si se analiza la conformación de la Mesa de Unión Socialista, principal coordinadora de todos estos desmanes, se ve que la principal presencia política es la del Partido Comunista de Chile, convertido, de la noche a la mañana, en el árbitro de la situación creada, que por esa razón pretende que se se vote en abril la creación de una Asamblea Nacional Constitucional para reemplazar la Constitución actualmente vigente, uno de los mayores sueños del Socialismo del Siglo XXI.

Encerrado 

El laberinto donde ha quedado encerrado Piñera está marcado por su propia historia política. Pese a su postura aparente de dirigente de derecha, fue uno de los mayores adversarios políticos de Augusto Pinochet y de su gobierno militar.

Quiso ostentar el título de principal acusador legal contra los militares. Dijo, en su momento, que el gobierno de Salvador Allende había sido "muchísimo mejor que el de Pinochet". Y usó siempre todos los argumentos de Amnesty International para demonizar a los militares chilenos. Incluso estuvo en el velatorio de Hugo Chávez, cara a cara con Raúl Castro, sin ningún problema.

Pero ahora él es el tirano, el dictador, fustigado por Amnesty. En una vuelta de birla birloque, su carrera lo ha puesto en el mismo lugar en que estuvo Pinochet. Pero con la diferencia de que tiene las manos atadas y pese a que el escudo nacional de Chile dice "Por la razón o por la fuerza", Piñera no está en condiciones, en lo absoluto, de restablecer el orden y la seguridad pública.

Las calles ahora son tierra de nadie, sobre todo cuando caen las sombras de la noche. Nadie sabe quien o quienes serán los próximos saqueados. Qué iglesia católica arderá en la noche, como hace diez días ardió el templo que oficiaba de Capilla Castrense para los Carabineros, sin que estos pudieran hacer absolutamente nada para impedirlo.

El laberinto de Piñera no tiene salida y el destino político del pueblo chileno, mientras esté en las manos de este débil y temeroso gobernante, tampoco.


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