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OPINIÓN
Escribe Ricardo Alonso: Biringuccio y la Pirotechnia
MINING PRESS/ENERNEWS
29/12/2019

Ricardo Alonso*

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Un par de décadas atrás caminaba por las estrechas calles de Siena y contaba con un cicerone de lujo: el Ing. Mario Pepi Bernini, un profesional italiano dedicado a la construcción de grandes plantas industriales. Pepi era hombre de confianza del caballero Vittoriano Bitossi (1923-2018), dueño de un emporio multinacional dedicado a las cerámicas, fritas y pigmentos. Con la pasión que caracteriza a los que aman su tierra, señalaba en cada esquina, en cada plaza, en cada monumento, alguna anécdota de la larga historia de esa ciudad italiana. Una escalera blanca con una cruz negra marcaba el lugar donde alguna vez resbaló y se golpeó Catalina de Siena. También el trajín que sufrieron los restos de la mística dominicana cuyo cuerpo quedó en Roma y el cráneo fue llevado a Siena. Aprendí sobre esa fiesta medieval de carreras de caballos que llaman Palio. Palio y Siena son dos modelos de una reconocida marca de automóviles.

Hablaba con pasión de los etruscos, del primer banco del mundo, del Dante, de las guerras entre las poderosas familias, apoyadas o no por el Papa, los famosos vinos de esa región de la Toscana, las trufas, los grandes pintores del Renacimiento que salieron de allí y mil cosas más. Sin embargo, en un momento mencionó un nombre que para mí era hasta entonces desconocido. Dijo que Siena era la patria de Biringuccio, el padre de la metalurgia mundial. Era muy difícil entender que esa región de ricos viñedos y apacibles colinas, pudo alguna vez albergar un emporio metalúrgico. Y efectivamente así era. En Siena nació Vannoccio Biringuccio (1480-1539), hijo del arquitecto Paolo Biringuccio y de Lucrecia di Bartolommeo Biringuccio. Niño de preclaros pensamientos pronto demostró muestras de una inteligencia superior. Su afición era observar cómo se fundían ciertas rocas y minerales al ser sometidos a altas temperaturas, con el insuflado del aire de los fuelles. Sin embargo los tiempos de Biringuccio no fueron fáciles.

Las guerras entre estados o repúblicas de lo que hoy es Italia eran muy comunes. Eso lo llevó a tener que abandonar muchas veces Siena y luego volver para reiniciar de nuevo sus actividades técnicas y científicas. En un principio trabajó como metalúrgico de la poderosa familia Petrucci cuyo jefe era Pandolfo Petrucci. Al morir éste se puso a las órdenes de su hijo Borghese Petrucci. Un levantamiento en 1515 los obligó a huir de Siena y Biringuccio viajó con ellos por gran parte de Italia llegando hasta Sicilia en 1517. Estos viajes le permitían observar y aprender de métodos y técnicas metalúrgicas que fueron enriqueciendo su acervo intelectual. Volvió del exilio en 1523 gracias al papa Clemente VII quien restituyó en Siena a los Petrucci. Y esta historia de expulsiones y retornos se repetiría muchas veces, con lo cual quedaba como un pobre desterrado en algunas oportunidades y volvía rodeado de laureles en otras. Fue senador de Siena y hacia el final de su vida era jefe de la fundición papal y de la fábrica de municiones del pontífice. En su carrera como metalurgista se hizo cargo de la explotación de una mina de hierro en Siena, de fundiciones siderúrgicas, de la fabricación de moneda y del arsenal.

Luego pasó a Venecia y más tarde a Florencia donde se ocupó de la fundición de cañones. No solo se dedicaba a la fundición de armamento sino también a la fabricación de pólvora. En 1524 consiguió que se le concediera el monopolio de la explotación de salitre en todo el territorio de Siena. Estuvo dos años en esa actividad antes de ser nuevamente expulsado. Se sabe que viajó por Alemania y estudió allí técnicas metalúrgicas. Fray Luis Beltrán, el hombre de los cañones de José de San Martín, seguramente fue un seguidor y admirador de la obra de Biringuccio. No se sabe con certeza la fecha de su muerte, salvo que en un escrito de abril de 1539 se lo da por fallecido.

O sea que nunca vio publicada su magna obra “De la Pirotechnia” que salió de la imprenta en 1540. La Pirotechnia de Biringuccio está considerada la obra seminal y fundadora de la metalurgia mundial. Se trata de un grueso volumen, escrito en italiano, donde se abordan los procesos metalúrgicos para obtener los metales a partir de las menas minerales que los contienen y entre ellos la primera descripción del método para lograr el antimonio. El texto, como se acostumbraba antiguamente, lleva un largo título que reza: “Diez libros en los cuales son tratados totalmente no solo cada tipo y conjunto de minerales sino también todo lo que es necesario para la práctica de aquellas cosas pertenecientes al arte de la fusión o moldes de metales y todos los temas relacionados”. Y como complemento en la portada: “Compuesto por el señor Vannoccio Biringuccio de Siena. Con privilegio Apostólico y con el de Su Majestad Imperial y el Ilustrísimo Senado Veneciano, 1540”.

El responsable de la edición fue Curtio Navo quien se lo dedicó “Al muy magnífico señor Bernardino di Moncelesi de Salo”. El mismo Navo realizó una segunda edición en 1550, a la cual siguieron numerosas ediciones y traducciones al francés y latín. Sin embargo recién en el siglo XX fue traducido al inglés por el científico Cyril Stanley Smith y la experta en lengua italiana Martha Teach Gnudi. Smith fue un brillante químico que trabajó en el proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba atómica. A él se deben estudios pioneros sobre la obtención y el manejo del plutonio, considerado el metal más complicado conocido por el hombre. Lo interesante fue que Smith era además un apasionado por la historia de la ciencia y fue en ese sentido que encaró la traducción del original italiano. La primera edición moderna en inglés fue publicada en 1942 por el Instituto Americano de Ingenieros Mineros y Metalúrgicos (AIME), a la que siguieron reediciones en 1943 y 1959. Finalmente la editorial científica Dover dio a luz en 1990 una edición de gran tiraje, con anexos y apéndices, que es la que se ha usado desde entonces a escala global.

Esta obra no puede faltar en la biblioteca de cualquier científico dedicado a la ciencia y tecnología del mundo mineral y metalúrgico. El texto se compone de diez capítulos que contienen a su vez numerosos ítems. El capítulo uno, geológico-mineralógico, se refiere a la ocurrencia de minerales metálicos en general, especialmente oro, plata, cobre, plomo, estaño, hierro, así como la práctica para fabricar acero y latón. El capítulo dos aborda otros metales, semimetales y no metales, entre ellos el mercurio, azufre, antimonio, marcasita, vitriolo, alumbre, arsénico (oropimente y rejalgar), sal y otras sales, zinc, manganeso, bórax, cobre verde y azul, cristal de roca (cuarzo), gemas, vidrios, etcétera. El capítulo tres refiere al ensayo y la preparación de las menas para fusión. El capítulo cuatro a la separación del oro de la plata. El capítulo cinco a las aleaciones que se forman entre los distintos metales. El capítulo sexto a los materiales necesarios para preparar los moldes de fundición para los distintos metales y objetos (cañones, campanas, etc.).

El capítulo siete trata los métodos para fundir los metales y las materias combustibles utilizadas. El capítulo ocho versa sobre el arte de moldear y los fundentes de los metales. El capítulo nueve trata sobre alquimia, el arte de joyeros, plateros y herreros. El capítulo diez trata sobre combustibles, pólvora y la fabricación de fuegos artificiales para su uso en la guerra o en festivales. Como se aprecia la Pirotechnia de Biringuccio es un tratado integral que va desde los conocimientos de la época sobre la prospección de los minerales y sus yacimientos, pasando por todas las etapas de explotación, concentración y beneficio por fundición e incluso la fabricación de cañones, campanas, monumentos, estatuas, armas y pólvora. Diez y seis años más tarde el alemán Georg Bauer (Agrícola) publicó su famosa obra “De Re Metallica” (1556) y otro alemán Lazarus Ercker publicó su “Aula Subterránea” (1574), tal vez uno de los primeros manuales de química analítica y célebre por sus 40 grabados artísticos de gran belleza, entre los mejores que hayan ilustrado jamás una obra técnica. Finalmente nos queda mencionar al gran metalurgista de Potosí, fray Álvaro Alonso Barba quien dio al mundo su célebre “Arte de los Metales” (Madrid, 1640).

*Geológo


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