JULIO VILLALONGA
Ante la evidencia de la catástrofe del submarino de la Armada, surgen las primeras voces oportunistas de uno y otro lado. Lo que pasó y lo que nunca debería haber pasado.
Siempre lo más fácil es buscar culpables. Tenemos esa compulsión los argentinos. Nunca responsables primarios, los que desencadenan con sus actos los desastres posteriores. Queremos sangre, pronto. No importa el precio. O, mejor dicho, sin importar quien pague el precio.
En el caso del submarino "San Juan", lo importante -ladran- es saber "ya" si Mauricio Macri o Cristina Kirchner son culpables de haber enviado al mar a un buque que no estaba en condiciones, lo que derivó en la muerte -por todos descontada- de los 44 tripulantes. En medio de este bramido popular (en las redes sociales), el ultrakirchnerismo comenzó a acusar al gobierno de dejar que "tropas" estadounidenses y británicas "ocupen" el territorio nacional; y el macrismo se lanzó a denunciar al gobierno anterior de robarse la plata del arreglo del sumergible, que debería haber podido navegar "treinta años más", según prometió Cristina Kirchner cuando concluyó su mantenimiento de "media vida".
(No tuvo una política hacia la Fuerzas Armadas el kirchnerismo, sino solo ideologismo y prejuicio. No tiene una política hacia el sector el macrismo, y la designación del inefable Oscar Aguad y su equipo lo demuestra).
En las crisis casi lo único que sale a flote son las miserabilidades. Muy pocas veces lo mejor del ser humano. La derrota no tiene dueños.
La revisión del "San Juan" se cumplió según los estándares internacionales en los astilleros Tandanor y Almirante Storni. Pudieron haberse pagado sobreprecios, como en cualquier otra obra encarada por el Estado en anteriores administraciones, pero los proveedores no fueron "truchos" y los ingenieros y operarios estatales hicieron un trabajo profesional. Los motores y las baterías eran nuevos. Y hasta que no se haga una pericia completa, si se recuperan partes del submarino, lo que puede llevar años, no se sabrá cuál fue la causa de la tragedia.
En cuanto a lo de las tropas de ocupación, sin duda Estados Unidos reaccionó con agilidad en su área primaria de influencia, en Atlántico sur, donde se encuentra una base de una potencia europea aliada (Malvinas, Gran Bretaña). El nuevo vínculo entre Buenos Aires y Washington sirvió para que la comunicación estuviera aceitada y la US Navy -en su portal- se encargó de ir comunicando minuto a minuto el despliegue de los aviones y barcos, todos de última generación, en la zona donde desapareció el submarino argentino.
Los demás países que colaboran lo hacen por cercanía. Lo mismo ocurre con las empresas petroleras que apoyan el esfuerzo por encontrar el submarino, a esta altura sin ninguna esperanza de que haya sobrevivientes.
El viernes pasado, una fuente ligada al International Submarine Escape and Rescue Liaison Office (ISMERLO), como su nombre indica una agencia dedicada a centralizar las tareas de búsqueda y rescate de submarinos en problemas, advirtió a gacetamercantil.com que había emitido un alerta en un área muy cercana a la zona donde había desaparecido, dos días antes. Una alta fuente del ministerio de Defensa confirmó que disponían del mismo dato pero de manera extraoficial. Y otra de la Armada ratificó que el alerta había sido emitido. Informamos que un servicio internacional de búsqueda había "ubicado" al submarino. Con el paso de las horas, la reacción oficial de la Armada fue reclamar que los medios no difundieran información que no emanara de fuentes oficiales. Esa noche del viernes, Macri tuiteó: "Estamos comprometidos a utilizar todos los recursos nacionales e internacionales que sean necesarios para hallar al submarino ARA San Juan lo antes posible".
La indignación del presidente con la cúpula de la Armada se debe a este hecho: el ISMERLO advirtió el viernes a la tarde que el "San Juan" estaba donde cinco días más tarde se confirmó que estaba. ¿Hubo una reacción tardía? ¿Habría cambiado algo si las unidades disponibles se hubieran dirigido sin demora a ese punto? ¿Qué falló? ¿Quiénes fallaron? ¿Le ocultó la cúpula de la Marina de Guerra la gravedad del caso? ¿Sabían desde el viernes del siniestro?
Ante la duda, Macri parece haber elegido a los culpables. Se deslizó este viernes que una vez concluido lo peor de la crisis, descabezará a la cúpula de la Armada. Para muchos uniformados, que frente a la agresión de doce años de kirchnerismo vieron en Cambiemos una luz al final del túnel, la decepción debe ser muy grande. Aunque ya no un papel preponderante en la vida pública, los profesionales de las FFAA querrían ir repechando la cuesta de la desinversión de casi treinta años con la que viene pagando su último y horrendo paso por el poder, en la última dictadura.
Pero para que esto o cualquier otra cosa suceda, la dirigencia política debería tomar conciencia de la existencia de este sector del Estado, que representa unos 80.000 millones de pesos en el Presupuesto nacional, menos de lo que insume actualmente todas las pensiones por invalidez.
Una vez que se hayan velado los restos de los marinos del ARA"San Juan", se impondrá una discusión sobre la necesidad o no de mantener un brazo armado; en caso positivo, deberá discutirse su rol, su despliegue y sus capacidades. El presidente Macri tiene bien en claro que ingresamos a una era tecnológica que nada tiene que ver con lo que vivimos hasta ahora, era que abarca a todas las profesiones, incluidas la militar y la de seguridad.
Un dato, para el final: esta misma semana -qué oportunas- fuentes británicas deslizaron que analizan la posibilidad de adquirir un "escudo antimisiles" para instalar en las Malvinas. El objetivo es claro: reducir la dotación militar en las islas, de unos 3.000 hombres, que supera a la de los "kelpers". Cien millones de dólares del "escudo" permitirían un ahorro anual de 50 millones en el futuro.
Claro que un dispositivo de este tipo sería útil si Argentina dispusiera de misiles, lo que quedó trunco en la década del 90 cuando se desactivó el proyecto Cóndor, desarrollado por la Fuerza Aérea desde antes de la guerra en el Atlántico Sur.
(La "gran" compra que analiza el Ejecutivo nacional choca contra un problema interno, la eterna disputa entre la Armada y la Prefectura por el control del mar Argentino: media docena de lanchas artilladas francesas por unos 400 millones de dólares).
El estado de las FFAA locales es el peor de su historia. La Administración Macri acaba de adquirir cinco aviones franceses por 12 millones de euros para disponer de una escuadrilla que pueda recibir los aviones de los presidentes y jefes de Estado que llegarán al país a finales del año próximo, a la cumbre del G-20. El departamento militar no es funcional, se trata apenas de un conglomerado de oficinas administrativas ubicadas en edificios estatales a lo largo y lo ancho del país. Pocos aviones pueden salir a volar, pocos buques están en condiciones de navegar, salvo en circunstancias excepcionales como las actuales.
El trauma de la dictadura impidió que en democracia se les diera una razón de ser. Las fuerzas armadas no tienen lugar ni destino. Habrá llegado el momento de discutir su papel, si aún tienen alguno.